¿Culpables del coronavirus?

Es algo muy común y que se repite a lo largo de la historia de la humanidad, en momentos de desastres naturales y otras calamidades como una epidemia, que el hombre dirija su mirada hacia una divinidad suprema o sobrenatural que adopta formas cambiantes en las distintas civilizaciones y religiones, actitud que muchas veces suele ir acompañada de la tendencia a personalizar las desgracias y a buscar culpables, a quienes hacemos responsables de todos nuestros males.

La tendencia atávica muy humana a buscar culpables y a exhibirlos como causa y solución para hacer frente a situaciones complejas tiene varias “ventajas: simplifica el problema y nos ayuda momentáneamente a sobrellevarlo por más que el diagnóstico no se corresponda con la realidad, actúa como elemento de cohesión del grupo o la tribu y contribuye a reforzar el poder de quienes lideran y capitalizan esa respuesta social. En momentos de caos, miedo e incertidumbre como el que ahora vivimos, esta reacción psicológica tan primaria se activa y ello abona el terreno para que la demagogia y el populismo ganen espacio.

Estos días, mientras el mundo está librando una lucha sin cuartel contra el Covid-19 y estamos en medio de una crisis de unas consecuencias sanitarias escalofriantes (pronto llegaremos a alcanzar la cifra de 200.000 fallecidos en todo el mundo) y de unas secuelas económicas cuya magnitud todavía no conocemos, hay quienes en vez de ofrecer soluciones constructivas que ayuden a aliviar los efectos de la crisis lo confían todo al populismo punitivo. Cuando a lo anterior se le suman insanas motivaciones políticas, solo cabe vislumbrar malos presagios.

Las comparecencias públicas de los primeros mandatarios de países como Estados Unidos, Gran Bretaña o incluso Francia podrían llevar a pensar que la gestión política de la crisis en estos países ha sido más errática que en el nuestro y la reacción más tardía, aunque seguro que habrá estudios y opiniones para todos los gustos. Lo que sí parece claro es que en España estamos siendo pioneros en trasladar parte del problema a la jurisdicción penal y las denuncias y las querellas criminales están al orden del día, con el riesgo añadido de contribuir a agravar el colapso de nuestra ya frágil Administración de Justicia.

Resulta insólita y altamente preocupante la simplicidad con la que algunos pretenden atribuir delitos de homicidio y lesiones por imprudencia grave, prevaricaciones varias y una larga retahíla de delitos a quienes están al frente de los organismos públicos que están lidiando con esta pandemia y que, con mayor o menor acierto y seguro que con muchos errores, tienen que gestionar una situación totalmente inédita con medios limitados.

Es muy probable que en casos concretos y en algunos centros o residencias se puedan haber producido situaciones de desamparo o de negligencia que deberán ser investigadas, pero ni los ciudadanos nos podemos permitir ni los jueces deberían tolerar que la vorágine criminalizadora y la constante amenaza del Derecho penal se utilice indiscriminadamente como arma arrojadiza contra el adversario político, sea del color que sea, para después sacar réditos electorales de todo ello.

Estar a la vanguardia del uso desmedido y abusivo del Derecho penal en estos momentos tan dramáticos es lo que menos falta nos hace si queremos superar esta situación, salir reforzados como país y aumentar nuestro prestigio exterior. Nos iría mucho mejor si dejamos de lado los bajos instintos y, en vez de demonizar al adversario, dirigimos nuestros esfuerzos a potenciar de verdad la solidaridad, a trabajar unidos para ser punteros en investigación y en la prevención y tratamiento de esta grave enfermedad y a pensar en positivo. Miremos más al futuro y menos a los jueces, que bastante trabajo van a tener sin necesidad de alardes imaginación que desbordan el contenido de los tipos penales.

Josep M. Paret Planas. Doctor en Derecho penal. Abogado

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